| EDITORIAL SETIEMBRE 2008 |
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| Escrito por Impacto | |
| jueves, 25 de septiembre de 2008 | |
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Fuera de la presencia de Dios uno no se siente reargüido, porque se está mirando en el espejo del hombre y no ante la santidad y justicia divina. Dios llama a todos, da el mensaje al mundo entero, pero en ocasiones se necesita una ministración íntima, profunda y personal con Él. Jacob tuvo un encuentro personal con Dios y su vida fue marcada para siempre. Luego de aquella experiencia jamás fue el mismo. Nadie que dice que tuvo un encuentro con Dios puede seguir igual, su vida tiene que cambiar, tiene que santificarse, no puede llevar la misma rutina de siempre, en él se opera un cambio interno y externo. No importa quién sea, cuando se tiene un encuentro con Dios, esa persona tiene que doblegarse a los pies de Cristo. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas”.
Los encuentros con Dios traen convicción, si no hay convicción la vida cristiana no se puede desarrollar, debe haber convencimiento y esto lo hace el Espíritu, que dice: “cuando él venga convencerá al mundo de pecado”. En Hebreos 4:12 nos dice que: “la Palabra de Dios es más cortante que toda espada de dos filos, que penetra hasta partir el alma, y no solo hace esa labor, esta Palabra nos punza, nos redarguye y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Por medio de la Palabra del Señor se logra la confesión de pecado. Proverbios 28:13 dice: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que confiesa y se aparta, alcanzará misericordia”. En 1 Juan 1:9 nos dice: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.
Se necesita un encuentro con Dios, se necesita salir de la rutina, de la religiosidad y meterse a un mover del espíritu donde se aprenda a escuchar su voz. Ahora el Señor quiere ver su respuesta, como dijo Isaías: “Heme aquí, envíame a mí”. |