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YO HE CERCADO TU CAMINO | YO HE CERCADO TU CAMINO |
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| Escrito por Impacto2 | |
| lunes, 18 de enero de 2010 | |
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“Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino, y la cercaré con seto, y no hallará sus caminos. Seguirá a sus amantes, y no los alcanzará; los buscará, y no los hallará. Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora”, Oseas 2:6-7. Hay dos clases de cerco que Dios pone alrededor de su pueblo. El primero, el cerco de protección, que rodea a cada uno de los que han hecho un pacto de fidelidad con el Señor; y el segundo es el cerco de la aflicción. Como indica el Salmo 121, Dios es nuestro guardador, y la función del cerco de protección estriba en guardarnos de ser presa fácil para el enemigo de nuestras almas. El cerco número uno es permanente, y sólo deja de funcionar cuando un individuo le es infiel a Dios. En el libro de Job 1:10, leemos: “¿No le has cercado alrededor de él y a su casa y a todo lo que tiene?”; vemos cómo Satanás menciona el cerco de protección que Dios había puesto alrededor de Job, su familia y sus bienes. Por este motivo, él no podía hacerles daño ni tocarles, al menos que Dios quitara aquel cerco. En cuanto al cerco de aflicción, este tiene dos funciones: 1) protegernos, como el primer cerco; 2) hacernos regresar a Dios, cuando le somos infieles y nos hemos desviado de la senda que conduce a la vida eterna. A diferencia del cerco de protección, el cerco de aflicción no es permanente y depende de la condición del pueblo de Dios y de su relación con Dios.
Dice Isaías 5:5 con relación a este cerco: “Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada”. Este versículo indica claramente que Dios había puesto un cerco de protección alrededor de Israel. No obstante, dado que el pueblo no rindió el fruto requerido por Dios, Él anuló la función protectora de este cerco, y puso a funcionar el cerco de aflicción para que Israel volviera a la senda antigua. Este tipo de cerco nos hace reflexionar y tornarnos hacia Dios. Cuando Dios pone este cerco de espinos en nuestras vidas, significa que Él va a permitir que las aflicciones duras y pesadas lleguen a nuestras vidas para apartarnos del mal. En Deuteronomio 8:2 leemos: “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos”. El Señor mismo nos lleva al desierto para probarnos y para afligirnos, y cerciorarse de lo que hay en nuestros corazones. Cuando un corazón se empecina a desobedecer, deshonrar a Dios y tomar decisiones a la carrera, sólo Dios, con su divino poder, puede vencer a ese corazón endurecido.
En el caso de Noemí, ella era la esposa de Elimelec, un hombre israelita muy distinguido en medio de su pueblo. Ambos poseían una propiedad hermosa y próspera en la tierra de Israel, pero ante el hambre que sacudió al país, ellos decidieron alejarse del pueblo de Dios e irse a morar entre los moabitas, los enemigos del pueblo de Israel. Asimismo, el contexto de crisis económica mundial hace que aun los cristianos, llenos de pánico, tomen decisiones a la ligera, y decidan emigrar a otros lugares. Ni siquiera consultan a Dios, ni escuchan los consejos de los siervos de Dios. Por ejemplo, hay personas quienes dejan el trabajo que tenían en sus países y se van a otro país, donde lo único que consiguen hacer es convertirse en ilegales y fregar platos o baños en algún restaurante. Allí, deben reducir el presupuesto alimentario de su familia, para poder ahorrar unos miserables dólares. Al fin y al cabo, su situación viene a ser igual o peor que la anterior.
Al principio, en apariencia, todo les fue bien tanto a Elimelec como a Noemí. Lograron prosperar, sus hijos se casaron con mujeres paganas, etc. No obstante, llegó el momento cuando Dios permitió que las circunstancias más adversas y duras azotaran la vida de Noemí. Esto, para que ella recapacitara y regresara al lugar que había dejado, perfectamente consciente de este hecho, Noemí testificaba a todos sus conciudadanos que Dios la había castigado por haberse alejado de su presencia: “No me llaméis Noemí (placentera), sino llamadme Mara (amargura); porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso. Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido?” (Rut 1:20-21). En efecto, ella perdió tanto a su esposo como a sus dos hijos en la tierra de Moab, y tuvo que regresar a la tierra de Israel humillada, con las manos vacías, y una nuera extranjera. La única solución que le quedó, fue regresarse a la tierra del pueblo de Dios. Hay ocasiones en las que Dios toma la autoridad de cercar nuestro camino de espinos, y permite que, cuando intentamos salir adelante o soslayar ese cerco de aflicción, recibamos heridas profundas. Esto nos inmoviliza y nos impide progresar. ¿Acaso no ha oído usted decir algún día a alguien: no sé qué me pasa, pero parece que nada me sale bien? Estas personas reciben heridas a diario, no salen de una serie de problemas que, lejos de solucionarse con el transcurso del tiempo, se empeoran y se complican aún más. Simplemente, es que Dios ha cercado su camino de espinos. Dios permite que perdamos todo lo terrenal, para que ganemos una herencia eterna y celestial.
Paradójicamente, este cerco de aflicción hiriente es una prueba de que, aun en medio de la ira más profunda de Dios, todavía existe la misericordia. Pese a nuestra infidelidad y nuestras rebeliones, Dios coloca ese cerco para que reaccionemos y reflexionemos con respecto a su amor tan sublime para con nosotros. Cuando Dios nos quita todo lo que nos impide servirle, no nos queda otra solución, aparte la de tirarnos de rodillas e implorar su misericordia. Sin dudas, es mejor que Dios permita que este cerco nos hiera, en vez de que nuestras almas se pierdan. Más vale caminar por una senda rodeada de espinos, que por un camino de rosas que nos lleve al infierno. Esto depende de cada persona, y del cerco que la misma necesita. Si usted está caminando en rectitud ante los ojos de Dios, tan sólo tendrá el cerco de protección divina en su vida. Sin necesidad de espinas, hay personas quienes aman y sirven a Dios de corazón y desinteresadamente. En cambio, hay otras personas que sólo funcionan espiritualmente bajo la condición de que los dos cercos (de protección y de aflicción) rodeen sus vidas.
Hay padres cristianos que sufren, por cuanto sus hijos tienen de todo en la casa, más su corazón no tiene reposo en el hogar ni tampoco en la iglesia. Su corazón y sus ojos están puestos en el mundo y en los inconversos. Esos hijos e hijas son como los asnos monteses, que patean las bendiciones de Dios porque olfatean los placeres del mundo. Amado hermano, si esta es su situación, le advierto que, tarde o temprano, Dios pondrá el cerco de aflicción en su vida para que no se pierda su alma. A las buenas o a las malas, usted deberá rendir la medida que Dios quiere que dé. El propio salmista tuvo que reconocer hasta qué punto Dios le mostró su misericordia al afligirle durante su descarrío: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra (...) Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos (...) Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Salmo 119:67, 71 y 75). La humillación permitió que el salmista aprendiera a valorar lo bueno que es servir a Dios, y cuánto uno sufre al ser un súbdito del diablo. Satanás (que el Señor lo reprenda) tiene que obedecer a Dios, y por eso mismo, tiene que humillar a los descarriados para que estos regresen a Dios.
Una de las características del descarriado estriba en que, el orgullo le impide reconocer su equivocación. Entonces, simula ante todos que las cosas le están yendo mejor que nunca, pero ¿cuántas veces, en el secreto de su alcoba, el apartado no llora porque sabe que su vida es un fracaso? Los descarriados no son felices en la Iglesia porque aman al mundo, mas tampoco son felices en el mundo, porque conocen la Palabra de Dios y saben que no están haciendo lo correcto. La conciencia los reprende constantemente, y les impide disfrutar de la vida en el mundo como quisieran hacerlo. Querido lector, si usted ha abandonado el camino del Señor, todavía está a tiempo para regresar a la casa de Dios. Tenga siempre presente que, “sobre todas estas cosas te juzgará Dios” y también “antes que vengan los días malos, y lleguen años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento” (Eclesiastés 11:9 y 12:1). En otros términos, como con Noemí, Dios tendrá que usar con su vida el cerco de aflicción, para hacerle retornar a su casa.
Además de cercar su camino, Dios hace caer sobre los descarriados una ceguera que les impide ver hacia dónde se dirigen. Dice Oseas 2:6-7 que: “He aquí yo rodearé de espinos su camino, y la cercaré con seto, y no hallará sus caminos. Seguirá sus amantes, y no los alcanzará; los buscará y no los hallará. Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora”. En otros términos, el que se aparta de Dios vivirá de decepción en decepción. Buscará los placeres del mundo, del dinero, del sexo, pero no será satisfecho con ellos. Al decir que “no los alcanzará”, indica que no disfrutará ni se complacerá con lo que el mundo ofrece. El descarriado vive en una frustración constante, va de fracaso en fracaso, de caída en caída, de pérdida en pérdida, de derrota en derrota. ¿Por qué? Porque Dios tiene un propósito con su vida. Mediante la frustración, Dios despierta el recuerdo en las personas, y sabe usar el acicate de nuestra memoria en momentos determinados. Oseas 6:7 indica: “Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora”. El recuerdo fue el método que Dios usó para sacar al pueblo de Israel de Babilonia: “Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sion. Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas. Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: Cantadnos algunos de los cánticos de Sion” (Salmo 137:1-3).
Por medio de este mensaje, amado lector, Dios le está lanzando una advertencia y una amonestación. Si no rectifica su conducta, no se sorprenda que la tormenta sacuda su vida, y se hiera con los espinos del cerco de aflicción. Dios va a poner ese cerco alrededor suyo porque le ama, y no quiere que se pierda y se descarríe en la iglesia. Arrepiéntase, y empiece a vivir una vida recta y transparente en la casa de Dios. Si se ha alejado de los caminos del Señor, no permita que el orgullo, sus amistades, su trabajo, los placeres de este mundo le sigan alejando del Señor. “El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17). El mundo pasará y también todos sus placeres, porque lo terrenal es pasajero. Sin embargo, en su casa, Dios le ofrece bendiciones eternas que nunca pasarán. Regrese a la Roca Antigua, de la cual sigue fluyendo el agua de la vida. Dios nos aflige, para volvernos a su camino y que no se pierdan nuestras almas.
No hay nada que llene el vacío del corazón de aquel que se ha alejado de Dios. Solamente Dios puede llenar ese vacío. Regrese a Él, para que tenga una vida floreciente y fluyan las bendiciones de Dios en su vida. El amor de Dios pasa por alto nuestra infidelidad, y cuando nos volvemos a Él, no seremos avergonzados jamás. Dios les bendiga. “Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra. No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; el guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre”, Salmo 121. |
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