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Inicio arrow Contenidos arrow Blog arrow “EL ETERNO PROPÓSITO DE DIOS” (VII PARTE)
“EL ETERNO PROPÓSITO DE DIOS” (VII PARTE) Imprimir E-Mail
Escrito por Impacto2   
lunes, 08 de febrero de 2010
El eterno propósito de DiosPor: Rev. Luis M. Ortiz

Está diáfanamente claro en la Biblia que cuando es usada la palabra “predestinación”, o “predestinados”, se está refiriendo, no a inconversos para ser predestinados a la salvación, sino que se está refiriendo, y se les está escribiendo a los cristianos en conjunto, a los ya salvados, a los ya redimidos, a los que voluntariamente aceptaron el Eterno Propósito de Dios de salvarnos en Cristo.

LA PREDESTINACIÓN

La palabra “predestinar”, significa, destinar anticipadamente una cosa para un fin. Sinónimos de “predestinar”, son escoger, elegir, designar, hacer propósito.

En toda la Biblia hay solamente cinco versículos que mencionan la palabra “predestinar”; y estos cinco versículos están en el Nuevo Testamento. Y precisamente, estos son los versículos en los cuales San Agustín y Calvino procuraron encontrar apoyo para la teoría de la llamada predestinación.

En Romanos 8:28, dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Aquí lo que destaca es el Propósito de Dios. Dios nada hubiera hecho de todo lo que hizo si no hubiera tenido un Propósito para hacerlo. Es decir, si Dios no hubiera tenido un Propósito nadie hubiera sido llamado, y por consiguiente, ninguna cosa le hubiera ayudado para bien a ninguna persona porque Dios no lo llamó por no tener un Propósito para llamarlo.

El Propósito Eterno de Dios al crear todas las cosas, incluyendo al Hombre Redimido, “según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, (o sea, según su propósito) de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos (esto es, en la Eternidad), así las que están en los cielos, como las que están en la tierra”, Efesios 1:9-10.

En Romanos 8:29, dice como sigue: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Nótese que lo primero que dice es, “a los que antes conoció”. En las Sagradas Escrituras tenemos evidencia de que Dios antes de llamar o comisionar a una persona para un ministerio o una responsabilidad, de antemano lo ha conocido, en algunos casos, aun desde que estaban en el vientre de la madre.

Veamos algunos ejemplos: El patriarca Job, refiriéndose a Dios, dijo: “En el vientre me hizo a mí”, Job 31:15. El salmista David, también refiriéndose a Dios, dijo: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre”, Salmo 22:9-10; “En ti he sido sustentado desde el vientre”, Salmo 71:6; “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre”, Salmo 139:13; “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas”, Salmo 139:16.

El profeta Isaías, como portavoz de Dios, dijo al pueblo de Israel: “Ahora pues, oye, Jacob, siervo mío, y tú, Israel, a quien yo escogí. Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó desde el vientre, el cual te ayudará”, Isaías 44:1-2; “Así dice Jehová, tu Redentor, que te formó desde el vientre: Yo Jehová, que lo hago todo”, Isaías 44:24; “Oídme, oh casa de Jacob, y todo el resto de la casa de Israel, los que sois traídos por mí desde el vientre, los que sois llevados desde la matriz”, Isaías 46:3; “Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria”, Isaías 49:1; “Ahora pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo”, Salmo 49:5.

Nuevamente el profeta Isaías por inspiración divina, más de cien años de anticipación, llama por su nombre al rey Medo-Persa que habría de tomar por asalto la ciudad de Babilonia, que a su vez era la sede del imperio Babilónico, la noche de fiestas y orgías que Belsasar celebraba. Y dice la profecía bíblica: “Así dice Jehová, tu Redentor... que dice a Jerusalén: Serás habitada; y a las ciudades de Judá: Reconstruidas serán, y sus ruinas reedificaré... que dice de Ciro: Es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al templo: Serás fundado. Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar naciones delante de él… Yo iré delante de ti… para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre”, Isaías 44:24 - 45:3. El profeta Jeremías, dijo: “Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones”, Jeremías 1:4-5.

El ángel del Señor le dijo al sacerdote Zacarías mientras ministraba en el templo: “Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan… será grande delante de Dios… y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre”, Lucas 1:13-15. Y el apóstol Pablo escribió: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles”, Gálatas 1:15-16.

REDENCIÓN MEDIANTE JESUCRISTO

Amados, y ninguno de estos hombres mencionados anteriormente, ni Job, ni David, ni Isaías, ni Jeremías, ni Juan el Bautista, ni Pablo, ni a ningún otro hombre en la Biblia predestinó Dios para ser salvo, o para ser perdido. Es que Dios conoce, anticipadamente desde la concepción y el embrión, cómo es que va a responder cada persona a su Eterno Propósito de Redención mediante su Hijo Jesucristo.

Y este conocimiento previo o anticipado de Dios es llamado en la Biblia, “la presciencia de Dios”, 1 Pedro 1:2; Hechos 2:23. El apóstol Pedro escribe: “Elegidos según la presciencia de Dios”. Es decir, que Dios elige, escoge, llama, a aquellos que Él sabe de antemano, o por anticipado, que van a responder positivamente a su elección o llamado. Y el propio apóstol Pedro, en el día de Pentecostés (Hechos 2:22-23), responsabilizando a los judíos de haber matado a Cristo, les señale que Dios sabía anticipadamente cual sería la actitud de ellos y les dice: “Varones israelitas, oíd, estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios... como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole”.

Volvemos a Romanos 8:29, notemos la divina secuencia en este asunto: “Porque a los que antes conoció”. Ahí está su Presciencia, su Conocimiento anticipado; y por este conocimiento anticipado Él sabe quién va a responder positivamente a su llamado, y quién va a rechazar su llamado, pues Dios no escoge, elige o predestina a nadie para ser salvo o para ser perdido. Esta decisión tiene que tomarla el individuo mismo. En 1 Timoteo 2:4, claramente dice que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos”, pero no todos los hombres quieren ser salvos. En 2 Pedro 3:9, dice que el Señor “es paciente... no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”; pero no todos quieren arrepentirse. Y en Apocalipsis 22:17, el Espíritu Santo y la Iglesia dicen: “El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”; pero no todos vienen, y no todos quieren. A los tales, con amor el Señor, les dice: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida”, Juan 5:40. Pero con justicia, también les dice: “Si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos”, Isaías 1:20.

Toda la raza humana, todos los hombres, todas las mujeres son invitados para venir a ser elegidos o escogidos de Dios; y pueden serlo si ellos escogen, eligen y se deciden por Dios.

Aún en el Antiguo Testamento, además de muchos otros versículos similares, Dios invita, y dice: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más”, Isaías 45:22. Y por medio del propio profeta Isaías, Dios reitera: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”, Isaías 1:18.

Y en los cuatro Evangelios, y en todo el Nuevo Testamento son muchas las invitaciones del Señor para todos en general. La primera invitación del Señor está en el primer libro del Nuevo Testamento, San Mateo 11:28, con mucho amor Él dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. Y la última invitación del Señor, igualmente con amor para todos, se encuentra en el último libro del Nuevo Testamento, y de la Biblia, o sea Apocalipsis, y dice: “El que tiene sed venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”, Apocalipsis 22:17. Pero, como ya hemos señalado, para los que rechazan su amor, el Señor, con mucha firmeza y justicia, les dice: “Si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos”, (Isaías 1:20); y a “los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte será en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”, Apocalipsis 21:8.

Así que, está bien claro en las Sagradas Escrituras, que no es que Dios predestina a unos para ser salvos, y a otros para ser perdidos, sino que unos y otros hacen su propia elección y toman su propia decisión, y cada quien cosecha los frutos de su propia elección y decisión: el que cree y acepta a Jesucristo es salvo; el que no cree y rechaza a Jesucristo es perdido, en ambos casos eternamente.

Pero sigamos en estos versículos del capítulo ocho de la epístola del apóstol Pablo a los Romanos, que son los versículos en los cuales San Agustín, Calvino, y otros hoy día pretenden encontrar apoyo.

“Porque a los que antes conoció”. La palabra o verbo “conocer”, significa, entender y saber por el ejercicio de las facultades mentales e intelectuales y por experiencia la naturaleza, cualidades y relaciones de las personas y las cosas. Tener trato y comunicación con alguno. Entender y conocer un asunto o persona con facultad legitima para ello.

¡Y Dios, el creador, siempre ha reunido con excelencia y perfección, todas y muchas otras cualidades que le capacitan para conocer y saber a la perfección; que nada, ni nadie escapa a su conocimiento! Y por esta razón el Espíritu Santo inspiró al apóstol Pablo para escribir: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables (incomprensibles) son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le sea recompensado? Porque de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos. Amén”, Romanos 11:33-36.

“UNA VEZ SALVO, SIEMPRE SALVO”: UN SUB-PRODUCTO DE LA PREDESTINACIÓN

El término “predestinación” fue mal interpretado y mal aplicado desde los tiempos de San Agustín. “Predestinado”, se le decía, y se le dice a aquel individuo que supuesta e incondicionalmente se salvará según un supuesto decreto de Dios. Y según la teoría de San Agustín, a aquellos que Dios no predestina para ser salvos, los deja, los abandona en su merecida condenación y perdición. ¡Nada más lejos del Amor, de la Justicia, de la Sabiduría de Dios, de la contundente evidencia bíblica y de la experiencia personal!

Está diáfanamente claro en la Biblia que cuando es usada la palabra “predestinación”, o “predestinados”, se está refiriendo, no a inconversos para ser predestinados a la salvación, sino que se está refiriendo, y se les está escribiendo a los cristianos en conjunto, a los ya salvados, a los ya redimidos, a los que voluntariamente aceptaron el Eterno Propósito de Dios de salvarnos en Cristo, “a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable”, 1 Pedro 1:8. “Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon (voluntariamente), ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados”, 1 Pedro 2:7-8.

Así como aquel que cree en Cristo, desde el momento que voluntariamente recibe a Cristo es hecho hijo de Dios, heredero de Dios y coheredero con Cristo (Romanos 8:17), y por causa y virtud de su vida transformada por el nuevo nacimiento en Cristo, desde ese momento queda destinado o predestinado para recibir mayores bendiciones y recompensas en el Cielo (1 Corintios 2:9), desde luego si permanece fiel; de la misma manera, el que no cree en Cristo, el que voluntariamente rechaza a Cristo, por causa de su propia desobediencia, hace de Cristo una piedra de tropiezo, y por lo mismo, se está destinando o predestinando a sí mismo para caer en el lugar destinado o predestinado para los desobedientes, incrédulos, rebeldes y pecadores: el lago de fuego que arde con azufre (Apocalipsis 20:15; 21:8).

A la persona que le hacen creer que Dios le predestinó para ser salvo, la tal persona descarga en Dios toda responsabilidad por la salvación; no se ocupa de la salvación como nos advierte Dios en su Palabra; sigue amando al mundo y las cosas del mundo. Y para que la persona esté tranquila y confiada en su supuesta predestinación, se le suministra un sub-producto de la llamada predestinación, diciéndole que “una vez que uno es salvo, es siempre salvo”. ¡Y resulta que el remedio es peor que la enfermedad!

En las Sagradas Escrituras la salvación del alma es comparada con el resplandor de la gloria de Dios en nuestros corazones; y también se nos dice que “tenemos este tesoro en vasos de barro”, 2 Corintios 4:6, 7. De un valor tan incalculable y eterno es la salvación del alma, que el Señor, dijo: “Porque ¿qué aprovechara al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”, Mateo 16:26.

Por esta razón el apóstol Pablo, escribe: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido... ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, Filipenses 2:12.

Y en Hebreos 2:3, leemos: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” La respuesta es: ¡No hay escape!

Todos estos versículos, y los siguientes, nos demuestran que la salvación es un tesoro que Dios ha puesto en vasos de barro (nuestro cuerpo), pero que Dios también puede retirar el tesoro del vaso que se torna en vaso de deshonra y de pecado.
 

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