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HISTORIA DEL CREYENTE Y LA VOLUNTAD DE DIOS | HISTORIA DEL CREYENTE Y LA VOLUNTAD DE DIOS |
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| Escrito por Impacto2 | ||||
| lunes, 08 de febrero de 2010 | ||||
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“Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano”, Jeremías 18: 1-6. Nosotros vemos a Dios que es el Eterno Alfarero comparado aquí con este alfarero que nos presenta la historia bíblica. El barro no puede decirle nada al alfarero y no tiene voluntad propia, el barro sólo está ahí. La mejor posición que puede tener es a disposición del alfarero en su mesa de trabajo. Es un cuadro maravilloso de la voluntad de Dios sobre nosotros, una voluntad que es en primer término soberana. No hay forma cómo el barro pueda salir huyendo las manos, no hay forma cómo puede el barro salirse de la rueda e irse a otro lado.
También vemos la paciencia del alfarero, si hay alguien que en su trabajo necesita esa virtud, es el alfarero porque él tiene que trabajar con el barro. En primer lugar, el barro mismo no reporta ningún valor; el barro puede en un momento dado exhibir una mala calidad, tal vez puede tener un poco más de agua de lo que debe, quizás puede aparecer un grano de arenilla, algún pedacito del barro que no ha llegado al punto correcto en el amase, en fin muchos aspectos que pueden hacer que este no dé lo que el alfarero quiere buscar y es por eso que el alfarero necesita paciencia. La voluntad de Dios es paciente para con nosotros, como dice Pedro: “El Señor… es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). También está el aspecto de la perseverancia del alfarero. El alfarero es una persona que necesita ser persistente porque si no lo es, tampoco logra nada, tiene que ser alguien, que si el barro se echa a perder en su mano, él va de nuevo hasta lograr su objetivo. Dios también moldea el barro conforme a su voluntad, así podremos decir como el Señor: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.
El Espíritu Santo aprovechando este pasaje bíblico nos enseña cuál es la voluntad divina, la cual la presento en tres formas: en el pasado, en el presente y en el futuro. I. El pasado Cuando hablamos del barro y nos remitimos al origen del mismo, tenemos que irnos al Edén, cuando Dios tomó polvo del suelo y con ese barro, materia prima, hizo al hombre. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”, Génesis 2:7. He leído que los mimos elementos químicos que existen en la tierra, también están en nuestros cuerpos; somos perfectamente barro, esa es la verdad.
¿Cuál es la lección de la voluntad divina, cuando usted piensa en su origen como barro? ¿De dónde te sacó el Señor? Porque la verdad es que nosotros somos barro y Dios nos sacó del polvo de la tierra. ¡Nunca olvides de donde te sacó Dios! No importa dónde nos haya puesto, quienes seamos o cuánto hayamos escalado, ¡Acuérdate de donde te sacó el Señor! Esta naturaleza amañada, enferma, precisamente porque somos barro; esas tendencias hacia el lodo, hacia la tierra, están presentes en nuestra vida. No vaya a creer usted en esas filosofías que cruzan hoy el mundo, que dicen que el hombre es lo máximo, que es buenísimo, que dicen que si hay cositas que a veces alguien hace y es un héroe y que expone su vida. ¡Eso delante de Dios no es nada! Usted cree que un día alguien va a venir delante de Dios y que diga: “¡Dios mío, yo me metí en un incendio y saqué un niño recién nacido, así que, aquí estoy, méteme al cielo!”. Nadie va a ir al cielo por quemarse vivo, nadie va a ir al cielo por sacar una moneda y dársela a un limosnero y creer que con eso se ganó el cielo, nada de eso salva. Nuestra naturaleza nunca dejará de ser barro, por lo tanto, aquí es donde entran las lecciones espirituales en ese sentido para nosotros, no podemos fiarnos de esta naturaleza, esta es traicionera. Nunca se confíe en su carne, confíe en el poder y en la Palabra de Dios. Acuérdese que todos somos polvo y, por lo tanto, hay una tendencia a la torcedura, a errar el blanco. Como polvo, como barro, fuimos destruidos por el diablo en el pasado y así vinimos al Señor; por eso nunca vayamos a poner la bendición como que ya traspasó ese umbral porque estaría olvidando el aspecto principal de su vida, y es que no nos podemos olvidar nunca de dónde nos sacó el Señor.
II. El presente Si el pasado nos habla de nuestra naturaleza, el presente en relación con el barro, nos habla de nuestra esperanza, nosotros estamos aquí en Cristo porque Él nos ha ayudado hasta hoy. Hasta aquí el diablo no ha podido destruirle aunque seas barro, aunque estés en la representación del lodo en la mesa del alfarero. El diablo ha venido con todo pero no ha podido destruirle, no porque la fuerza radica en uno, no porque el perseverar sea una virtud propia de nuestro origen, ¡No! Sino porque Dios ha visto fe, aunque sea como un pábilo que echa humo, ya no tiene llama, ya no tiene tizón, ya no tiene casi nada, pero echa humito. Tal vez has estado así como un pábilo que echa humo, si fuera por el diablo el diría: “¡Ahí estoy yo y lo apago, y termino!” pero Dios le ha dicho: “¡No me soples nada aquí! porque mientras ese pábilo está echando un humito, allí va a pasar algo, que eche el humito porque entonces el Señor si va a soplar, pero va a soplar para que se prenda la llama.
Por algo el Señor nos compara con lámparas encendidas, por algo compara a la Iglesia como candelabros en medio de los cuales se mueve el cordero de Dios. Un pábilo que echa humo convertido en una ardiente lámpara, una caña cascada que hasta el viento la dobla y la quiebra, pero el Señor dice: “No, no me la quiebre, déjemela ahí que de esa yo voy a hacer una columna”. No somos nosotros, es el poder de Dios; quiere decir que Dios en el trabajo con nosotros, mientras estemos en sus manos, Él puede hacer cosas que son imposibles para el hombre, que a veces no tiene ninguna explicación. Todos podemos hablar mucho sobre Jacob, él era un hombre materialista, pero Dios no se avergüenza de llamarse “El Dios de Israel”, “El Dios de Jacob”. ¿Sabe cuánto tiempo le costó a Dios volverlo de una caña cascada a una columna? Un poco más de 20 años, lo mandó por allá, por la mesa del alfarero allá por Harán y allí lo molió, lo hizo mil pedazos, se volvió polvo nuevamente y luego empezó a formarlo de nuevo y lo formó en Bet-el, cuando él entendió que tenía que aprovecharla, por eso dijo: “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26).
Dios lo bendijo, y no se avergüenza de llamarse su Dios, que no se avergüence el Señor de nosotros como para decir: “Yo no me identifico con ese, porque lo que va a hacer es dañar, es oscurecer el testimonio del Evangelio”, más bien que pueda decir: “Yo soy el Dios de Francisco, el Dios de Fernando, el Dios de Pedro”, y que Dios pueda confiar y apoyarse en nosotros, ese es el presente nuestro, que Dios encuentre un punto de apoyo en este pedazo de barro. Cuando un alfarero ha trabajado una hermosa vasija y llega alguien y la ve y dice: ¡Qué linda vasija! ¡Qué tremendo alfarero el que hizo esta tinaja! Un alfarero que puso todo su arte, toda su habilidad e hizo de un pedazo de barro que no tiene mucho valor, en una obra de calidad. Lo que hizo el alfarero es trasladar todo el valor, remitir toda la gloria. Ahora, si alguien se encuentra un lingote de oro o de plata, pues tiene algo valioso; al barro nadie lo aprecia por el valor que tenga, pero cuando ve una tinaja muy linda, entonces dicen: “¡Qué tremendo alfarero!” ¿Qué es lo que quiere decir eso? Nuestro presente, la voluntad de Dios ahora para nosotros no importa donde Dios nos ponga, es darle la Gloria al que vive para siempre. “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Salmo 115:1); si Dios te ha bendecido, si te usa, si te ha dado talentos y recursos, humíllate en la presencia de Él.
La otra vez que fui a Japón, un hermano me dijo: “Pastor vine a comprar motores aquí”, había llegado a comprar motores pero no uno ni dos, sino un contenedor, el los iba a vender a su país y me dice -Yo soy ahora empresario que vende motores y me ha ido bien, hace siete años yo no era esto, pensar hace siete años que yo iba a venir a Japón a negociar aquí; ¿Sabe quién era yo? – Me dijo – yo vivía en las cunetas de la calle, tirado porque era un alcohólico empedernido desde hacía décadas, desde joven – Yo me quedó viéndole y me dice – me convertí al Señor hace ocho años y mire donde estoy ahora, soy un empresario – Me dice – la gente me respeta, si soy un empresario, me codeo con gente importante - Me gocé tanto porque son las cosas grandes que Dios hace. Y yo decía: ¡Cómo este sujeto que hace siete, ocho años era un alcohólico que se tiraba en las cunetas de la calle porque no se valía ni por el mismo, ni la familia lo quería, menos la sociedad, ya no era apreciado por nadie y el Señor lo coge y lo levanta; se cumple la bendita Palabra, como dice el Apóstol Pablo a los corintios: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:26-29). Quiere decir que lo que hay que hacer es darle la gloria a Dios. Esa es la voluntad de Dios, hay que darle gloria a Dios en todo momento.
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